2017 Juicio a la razón, de Rubén Espino

11/02/2016 19:10

 

El juicio se había prolongado más de lo previsto. El desgaste de las cinco maratonianas sesiones, de los 3 careos entre testigos secundarios y acusado, de las dos audiencias privadas con la magistrada, además de la creciente presión de la derecha en la oposición y de su entorno mediático, habían hecho mella en su precioso rostro de porcelana. Aún así Jorge seguía exhibiendo esa belleza frágil y natural generalmente reservada al género femenino.

El juicio había quedado pospuesto hasta la semana siguiente a petición de la defensa, y Jorge decidió tomarse el resto de la tarde libre. Desde que su jefe desapareciera en pleno proceso judicial sin dejar rastro, y él se convirtiera en el nuevo Fiscal General en funciones, habían pasado ya tres meses. Con un historial tan poco convencional como el suyo nunca pensó que pudiera llegar a ocupar un puesto como ese, pero la llegada al Gobierno de la izquierda republicana acabó haciéndolo posible. Habían sido meses de aprendizaje intensivo, pero también tres largos meses de pesadilla. Aún no se había acostumbrado a llevar escolta a todas partes, aunque la cruz se había hecho algo menos pesada desde que descubrió que su guardaespaldas correspondía la atracción que él llevaba tiempo escondiendo.

De camino hacia casa en el coche oficial conducido por su uniformado amante, Jorge no podía dejar de cavilar sobre el aplazamiento solicitado por la defensa, o mejor dicho, sobre las razones que habían podido llevar a su señoría a aceptar dicha solicitud. Tan solo quedaba una comparecencia, la del testigo principal del caso, el chofer del monarca, y no había ya documentación nueva que revisar ni razones de fondo más allá de las peregrinas escusas esgrimidas a última hora por la defensa de su majestad. Tampoco entendió en su momento que se permitiera al acusado principal prestar declaración por videoconferencia desde Zarzuela, o que cuando esto ocurría la prensa gráfica fuera invitada a abandonar la sala.

A la misma hora Antonio recibía la noticia del aplazamiento de boca de la secretaria de Jorge. La angustia se apoderó del viejo empleado de la casa real que llevaba dos largos meses escondido en aquellas instalaciones gubernamentales, sin más contacto con su familia que la llamada de teléfono diaria que con una duración de 5 minutos le estaba permitido realizar. Después de dos meses, la noticia de que debería esperar una semana más se le hizo insoportable. La llamada de ese día volvió a ser para su hija, Andrea.

-Hola cariño, ¿Qué tal estás? -Preguntó Antonio a su pequeña de 33 años.

-¿Qué tal estoy? Ya me estás contando qué te pasa papa, creo que olvidas que soy tu hija preferida además de única y que te conozco mejor que nadie. -Dijo antes de oír un largo suspiro al otro lado del teléfono.

-Han atrasado mi comparecencia hasta dentro de otros seis días...seis días cariño. -Dijo arrancando a llorar.

-¡Cabrones, son unos cabrones! No llores papa, pronto habrá acabado todo. Sabes que nunca he entendido porqué decidiste contarlo todo, porqué decidiste complicarte la vida por unos principios que no comparto, pero eso ya queda atrás y ahora me tienes a tu lado, y en unos días todo habrá acabado y volveremos a estar juntos.

-No lo entiendes cariño, no es por mi por quién me preocupo. El nuevo Gobierno se ocupa de mi seguridad por interés político, y porque no quieren perder a su testigo principal en el caso de corrupción más importante en la historia de la monarquía. Pero ni tú, ni tu marido, ni mis dos preciosos nietos tenéis absolutamente ninguna protección, y desde que tu madre nos dejó, si alguien quisiera hacerme daño tendría fácil elegir donde golpearme, por mucho que yo me esconda.

-Vamos papa, vivimos en una democracia, no seas paranoico. Desde un principio me pareció una locura tu aislamiento durante el juicio, pero lo que me estás contando suena más a película policiaca de las que tanto te gustan.

-Qué ingenua eres cariño...si tú supieras.

-Estate tranquilo papa, nos cuidaremos mucho durante esta semana. Sabes que los niños están de colonias desde hace dos días y que no volverán hasta dentro de siete, y tu yerno está en la exposición internacional de maquinaria industrial de Bielefeld en Alemania, y tampoco volverá hasta dentro de otros cinco días. Yo me limitaré a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa, te lo prometo.

-Cuídate mucho cariño.

-Lo haré, pero tu levanta la cabeza papa, ya casi ha acabado todo.

Cuando Andrea colgó finalmente el teléfono sentía un nudo en el estómago. Acababa de trivializar acerca de su seguridad y la de su familia en un intento de tranquilizar a su padre, pero la realidad era que sentía más miedo que nadie, y la conversación que acababa de mantener había sido la puntilla a su ya precario estado psicológico. Decidió llamar al monitor de contacto para hablar primero con sus hijos, y posteriormente al Hotel de Bielefeld en el que se hospedaba su marido. Hecho esto se sintió más relajada y se dispuso a rematar su jornada laboral a la que solo le restaban ya treinta minutos. Iban a ser 6 largos días, lo sabía.

El día anterior a la esperada comparecencia transcurrió con normalidad mientras Jorge sentía una creciente euforia, mezclada con impaciencia y ocultas dosis de miedo. Cuando llegó a casa al final de la jornada eran las 8 menos cuarto de la noche. Subió a su cuarto y tras una larga y reponedora ducha bajó al comedor donde Miguel, su chofer, guardaespaldas y consuelo sentimental, le esperaba con la mesa preparada y dos copas de vino de rioja alavesa comprado para la ocasión. El pedido a domicilio al chino de costumbre tardaría poco en llegar, y tras un primer sorbo a aquel soberbio caldo de uva, seguido de un delicado beso, supo que todo saldría bien.

El timbre de la puerta sonó interrumpiendo el momento y Jorge se acerco a recibir el pedido mientras Miguel se dispuso verter el vino de la botella en el escanciador que habían comprado juntos hacía un par de días y que ahora estaba sobre la mesa.

-¿Realmente crees que el vino sabrá mejor por echarlo en este orinal con embudo? –preguntó con ironía Miguel dando la espalda a la puerta y derramando el sabroso vino por la paredes internas del escanciador de vidrio.

Un segundo después un estruendo ensordecedor paró el tiempo y le arrebato de las manos la botella que cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. El olor a pólvora inundó la planta baja mientras Miguel, con la rapidez autómata de quien ha sido entrenado para ello, se giraba tomando una instantánea visual de la situación, a la par que se abalanzaba hacia el colgador en busca de la pistola guardada en el bolsillo de su gabardina. Un nuevo disparo pasó silbando junto a su oído izquierdo, pero consiguió hacerse con el arma, disparar desde el suelo repetidas veces hacia la puerta y ver como el agresor encapuchado se desplomaba.

Aún no era momento para lágrimas. Se acercó a los dos cuerpos inertes y tras comprobar el disparo mortal en la cabeza de Jorge, desprendió al otro cuerpo de su capucha descubriendo a una mujer de unos 30 años. Buscó su cartera y comprobó su identidad: Andrea Villafruela Sánchez. Reconoció aquel apellido de inmediato, era el mismo que el del testigo principal del caso.     

Los noticiarios radiotelevisivos del día de la comparecencia abrieron con la noticia de las dos muertes y con las tempranas declaraciones del jefe del principal partido de la oposición:

Quiero expresar antes que nada mi más profundo pesar por el asesinato del Fiscal General en funciones, el señor Jorge Puyol, así como por la muerte de una inocente más en este absurdo y dirigido circo judicial contra nuestra monarquía. Tal es la indignación y el odio generado en este proceso por la difamación continua de este Gobierno anarquista, que incluso la hija de su principal testigo en el caso no ha podido soportar la presión y la manipulación que se está ejerciendo sobre su padre. Hago un llamamiento al conjunto de los ciudadanos y las ciudadanas de este país a que salgan a la calle, en defensa de su monarquía, de su historia, y exigiendo la dimisión inmediata del presidente de un Gobierno que nunca debió jugar con nuestros destinos.”

La sesión comenzó con la previsible petición de aplazamiento por parte de la acusación, pero ante la sorpresa de una parte de la bancada y de los medios de comunicación presentes, la magistrada ordenó continuar con el proceso. El nuevo inquilino de la acusación miró incrédulo a su nueva secretaria y hasta el día anterior del fiscal fallecido.

-¿Tiene la acusación algún testigo más que presentar antes de los alegatos finales? –añadió la jueza.

-Sí, señoría. –respondió indeciso el joven abogado mientras la secretaria salía disparada hacia el exterior de la sala en busca de su testigo principal. En la sala anexa Antonio esperaba sentado, inmóvil, ausente, con la mirada perdida en el cuadro colgado en la pared de enfrente.

-Antonio…es la hora. La jueza ha decidido no aplazar la sesión. –dijo nerviosa la secretaria.

-No puedo, no quiero. –respondió en un susurro Antonio, que había envejecido 10 años en una sola noche.

-No puede echarse atrás Antonio, eso es lo que ellos quieren. Y créame si le digo que cuando salga de esa sala sabrá hasta donde pueden llegar. – Le dijo la secretaria mirándole a los ojos con la complicidad de una mirada también herida por la muerte de su hasta entonces jefe.

-Entre todos habéis matado a mi niña. -respondió él.

-Deme la oportunidad de demostrarle que ellos y solo ellos son los culpables, y ayúdeme a que paguen por ello. Por lo que le han hecho a su hija, a Jorge, a su predecesor, y a los millones de contribuyentes de este país engañados y robados por una monarquía corrupta y la derecha que la sostiene. –el viejo no respondió, pero comenzó a dar titubeantes pasos hacia la entrada a la sala.

El interrogatorio de la defensa al anciano fue implacable y a su finalización la balanza de la justicia se balanceaba ostensiblemente hacia los intereses de la casa real. El proceso tocaba a su fin y la acusación se dispuso a dar comienzo a su turno de preguntas. El joven abogado se puso en pie y a su señal la secretaria pulso el botón de la grabadora que portaba.

Papa, soy Andrea. No sé cuándo oirás este mensaje... ¡es horrible papa! Un mensajero acaba de entregarme un sobre que contiene una capucha, una pistola y una memoria portátil. Aparecen grabados mis dos pequeños jugando en las colonias, y dicen que si no hago lo que me indican o si llamo a la policía les matarán. Tengo que ir a una dirección a matar a un hombre… y tú, tú no puedes testificar mañana, ¿Me oyes? ¡No debes testificar o matarán a tus nietos!

Mientras la defensa se preguntaba qué había salido mal, a otra señal de la secretaria se abrieron las puertas, haciendo pasar a la sala al marido de Andrea junto a sus dos hijos, precedidos por Miguel, el guardaespaldas de Jorge. La rabia y el dolor irradiaban del rostro del viudo que, tras sentarse con sus hijos en la bancada, detrás de la secretaria, y con la cara cubierta de lágrimas, hizo una señal a su suegro quién le respondió asintiendo. El viejo habló, la injusticia calló, la injusticia cayó.