Emperrado, de Rubén Espino

11/02/2016 18:57

 

Aquí de pies, mirando al edificio que un día fue mi casa, intento recordar, pero todo aparece confuso. La verdad es que, por no saber, ni siquiera sé qué demonios ocurrió. Tan solo soy consciente de que lo fui. Una sensación extraña y por momentos terrible.

Si no recuerdo mal, desperté tumbado boca abajo en aquella camilla. Al principio mis pensamientos se amontonaban, gelatinosos, informes. Pero a medida que fui despertando, una claridad cegadora inundó mi cabeza perruna.

– ¿¡Ama, ama, ya le han quitado a Dusko el bulto de la cabeza!? –gritó la pequeña.

–  Sí Terese, sí. Ahora vas a tener que cuidarle mucho. –respondió su madre.

Siempre me había entendido bien con mi pequeña cuidadora, pero esa comprensión mutua distaba mucho de lo que comencé a percibir durante las semanas siguientes. No solo entendía su lenguaje corporal, la expresión de sus ojos, de sus gestos… ahora, empezaba a comprender el significado de la mayor parte de sus palabras, más allá del siéntate y de mi propio nombre.

Los siguientes fueron meses de tortura emocional, de continua transformación; unos cambios que mis dueños asimilaron como el irremediable resurgir del tumor cerebral extirpado, impresión a la que ayudó la pérdida casi total del pelo de mi cuerpo.

Pero no acababa de morir, y Terese se negaba rotundamente a permitir que sacrificaran a su querido Dusko, aunque cada día se pareciera menos a la enorme, pero lanuda y preciosa, mascota que ella recordaba. Por otro lado, los comportamiento extraños se sucedían, y no alcanzaban a entender mi obsesión por caminar erguido sobre las patas traseras. Menos aún daban crédito a otras muchas de mis nuevas habilidades, como abrir la nevera y acabar con los suministros de leche, como encender y apagar los interruptores de la luz, como subirme al retrete a hacer mis necesidades, o como encender el televisor y manejar el mando desde el cómodo sillón situado enfrente.

Y así llegó mi último día en la casa. La noche anterior creí oír comentar a Maider y Egoitz, los padres de mi cuidadora, que la situación era insostenible, que tenían miedo, y que debían sacrificarme.

– Le diremos a la niña que se lo llevó un angelito al cielo de los perros. –dijo Egoitz a su mujer.

No sentía por sus padres lo mismo que por mi cuidadora, pero entender aquellas palabras fue más doloroso de lo que ellos hubieran podido imaginar. La decisión estaba tomada. Debía marcharme antes de que fuera demasiado tarde. Esperé acurrucado en mi caseta, situada en el cuarto de invitados. Hacía tiempo que no soportaba dormir tirado como un perro en aquel minúsculo y maloliente cuchitril. Cuando los niños ya dormían, y creyendo que sus padres también, me arrastré sigiloso por el pasillo en dirección a la salida.

A medio camino pude ver la luz del baño escapándose por la puerta ligeramente entreabierta. Aterrado por la posibilidad de que me descubriesen y acabara en la perrera contando las horas para recibir la inyección fatal, decidí seguir adelante.

Pero a la altura del baño instintivamente miré hacia su interior a través de la pequeña abertura. Maider secaba su cuerpo tras una ducha reponedora, antes de ir a la cama con Egoitz. Hacía tiempo que había comenzado a verla con otros ojos, pero en aquel instante el instinto animal y mi cerebro humano en reconstrucción se hicieron uno. No podía apartar la mirada de su cuerpo, de sus erguidos pezones reflejados en el espejo, de su largo cuello, de su huesuda espalda, de sus anchas caderas y sus carnosas nalgas. Un instante antes de que me abalanzara sobre ella, su cabeza se volvió y nuestras miradas se cruzaron.

– ¿Egoitz? ¿Eres tú? No hagas el tonto por favor.

– ¿Qué dices? –preguntó Egoitz desde la cama, mientras un portazo ponía fin a mi vida en aquella familia.

De aquello han pasado ya cinco años. Supongo que os preguntaréis que fue de mí. Como podéis comprobar por estas líneas que hoy escribo, hice algo más que sobrevivir: Evolucioné.

Las transformaciones en mi rostro y en mi cuerpo se ralentizaron pasado un año, aunque nunca han cesado del todo. Tras ese primer año, mi aspecto no puedo decir que fuera enteramente humano, pero con ropa logré pasar desapercibido, y conseguí incluso un puesto de trabajo como enterrador y una pequeña habitación en un pueblo perdido.

Cuatro años después estoy aquí de nuevo, mirando al edificio que un día fue mi casa. En la oscuridad de la noche orino en la misma esquina en la que tantas veces lo hice hasta mi despertar. Marco mi territorio y me preparo para avanzar. Ese será mi hogar, esa mujer se duchará para mí y será la madre de mi camada, y ese hombre no volverá a verme arrastrado por los suelos de su maloliente cuarto de invitados. La jeringa cargada espera preparada en el bolsillo de mi gabardina. He esperado cinco largos años, y aunque tengo miedo, se que debo sacrificarle.