Qué no haría por mi hija, de Rubén Espino

11/02/2016 19:08

 

Agencia EFE

31 de enero de 2013

Una mujer de 28 años deberá cumplir una condena de un año y diez meses de prisión por haber pagado comida y pañales para una de sus dos hijas por un valor de 193 euros con una tarjeta de crédito que se encontró.

 

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Entre el 30 de enero y el 2 de febrero de 2013 la casi totalidad de medios de comunicación estatales se hacían eco de la noticia arriba señalada, así como del indulto judicial posterior. La mujer de 28 años de edad debía ingresar en el plazo de 15 días en prisión y para evitarlo su familia había lanzado una campaña de recogida de firmas que ya contaba con 167.000 adhesiones. Además un bufete de abogados catalán especializado en indultos ofreció sus servicios a esta mujer de manera desinteresada, con el favorable resultado anteriormente mencionado.

Entre los testimonios recogidos en esos días, como no, las declaraciones de la propia condenada: “No sabía el tiempo que tardaría en volver a tener dinero para llenar la nevera”. “O das un palo de millones de euros o, si robas poco, te cae todo el peso de la ley”.

También se recogieron otras opiniones del entorno mediático más retrógrado y conservador: “Seguro que no es tan santa como nos quiere hacer creer”. “Que le pida el dinero a los padres de sus hijas, porque hay que recordar que tiene hijas de dos hombres diferentes”.

Sea como fuere Emilia Soria representa la realidad de nuestros días y el sufrimiento de tantas y tantas personas aplastadas por la enfermiza y deshumanizada maquinaria del sistema capitalista, de su criminal sistema bancario, de su dependiente sistema jurídico y del corrupto sistema político.

El siguiente relato no tratará de recrear la vida de esta mujer, ni la acción se situara en la localidad valenciana de Requena, ni los hechos ocurridos y los datos aportados serán fiel reflejo de lo publicado en los medios de comunicación. Tan solo será un muy breve y muy corriente relato de ficción, secuela de otro que hace dos meses escribí con el nombre de “Subsistencia”. Una propuesta que dedico a las tres hijas de Emilia Soria, porque su memoria y la del resto de hijos e hijas de nuestra generación son nuestra mejor apuesta y oportunidad de futuro. Dedicatoria extensible a esa gran mayoría de gente también corriente que nunca pisará actos oficiales, ni recibirá ni repartirá sobres, ni colocará dinero en paraísos fiscales, ni enseñará su mansión en obscenos programas televisivos.   

 

QUÉ NO HARÍA POR MI HIJA

El brillo clamó su atención nada más doblar la esquina. Eran más de las ocho de la noche y el parque se veía ya vacío. Los columpios descansaban tras una dura jornada de juegos, mientras árboles y bancos agradecían el creciente silencio.

Era un silencio enturbiado aún por el eco de las conversaciones y tribulaciones de padres, madres, abuelos y abuelas, entre quienes se encontraba la dueña de aquella plateada cartera extraviada. La tenue luz de la farola situada detrás del banco más cercano era suficiente para provocar aquel destello tan revelador como tentador.

No miró atrás cuando cogió la cartera y la alojó en el único bolsillo del grueso y ya desgastado chaquetón que Ander, su marido, le había regalado cinco o seis años atrás. Atravesó el parque y aceleró el paso durante unos 10 minutos antes de llegar al portal de casa.

Hacía ya casi tres años desde que, tras el desahucio y la trágica muerte de Ander, tuvo que mudarse al pequeño piso de sus padres con su hijo Aitor y su hija Maialen. Por si la situación no fuera ya de por sí difícil, una recién llegada criatura de 3 meses de vida, fruto de una frustrada relación con un compañero del trabajo de Ander, se había convertido en su mayor angustia y en la razón diaria para subsistir.

Cuando entró por la puerta, el piso le recibió con un profundo silencio. Maialen estaría con su recién estrenado novio hasta las nueve en punto, toque de queda que de domingo a miércoles su hija mayor no acostumbraba a saltarse. Sus padres por su parte no llegarían con Aitor y la pequeña Irati hasta dentro de un cuarto de hora. Eran sus padres quienes solían recoger todas las tardes a Aitor del colegio público más cercano, llevándose consigo a la recién nacida. Eran las tres horas y media que Laura utilizaba cada día para seguir buscando trabajo con más desesperación que fortuna.

Si su situación económica era ya precaria cuando ella y Ander recibieron la orden de desahucio, la muerte de su marido la agravó aún más si cabe, además de hundirla en una profunda depresión. Fue meses después del desahucio cuando se enteró del trabajo que desarrollaba una plataforma llamada Stop Desahucios que en varios casos había conseguido paralizar las ejecuciones, y en otras forzar al menos la dación en pago con las entidades bancarias, dándose por liquidada totalmente la deuda con la “entrega” de la vivienda. Para ella era ya tarde, pues se encontraba sin su vivienda, sin trabajo, y con una parte importante de la deuda hipotecaria aún por pagar. Solo la menguante pensión de sus padres, y una ínfima y esporádica aportación del padre de su pequeña recién nacida, permitía que pudieran aguantar aunque fuera malviviendo.

Ahora no tenía tiempo para dilemas morales. La pequeña nevera de sus padres parecía haber aumentado de tamaño, cada vez más vacía. La pequeña Irati lloraba sin cesar y empezaba a sospechar que la leche de sus pechos no tenía ni la consistencia ni el alimento necesario para saciarla. Aitor y Maialen por su parte nunca dejaban escapar una queja, pero el gesto de sus caras cada vez que abrían la nevera le rompía el alma. Pasaban hambre y eso era algo sencillamente insoportable para ella; frente a eso la dura situación que también vivían sus padres pasaba a un segundo plano. Le dolía, como no, ver a su padre y a su madre viviendo en la escasez tras una dura vida de trabajo, pero no podía pararse a pensar en ello.

No, no tenía tiempo para dilemas morales. No pasaría mucho antes de que la dueña de la cartera, de los 30 euros alojados en la billetera, y de la documentación de la tarjetera, se percatara del extravío, llamara primero al banco para bloquear la tarjeta de crédito, y a la policía después para denunciar la desaparición. Salió a la calle y llegó en dos minutos a la farmacia más cercana. Los 30 euros dieron para dos frascos de Apiretal, otros dos de Ibuprofeno genérico y otro de Iniston para la tos seca que su padre no conseguía sacarse de encima. Lo que le sobró lo gasto en una crema especial para sus sangrantes pezones que hacían de cada toma un verdadero suplicio. Otros 5 minutos le costó dejar la primera compra farmacéutica en casa antes de dirigirse esta vez hacia uno de los dos supermercados del barrio.

 

El carro repleto paró frente a la cajera más joven de las que atendían esa tarde noche. Parecía cansada y distraída tras una dura jornada de trabajo, o eso al menos pensó Laura cuando eligió aquella caja. La trabajadora pasó por el lector los 4 paquetes de pañales, 3 botes de leche en polvo enriquecida con todos los aditivos alimenticios y vitamínicos de los que Laura creía que carecía su pequeña, así como carne, pescado, pasta para recargar los vacíos depósitos de hidratos de sus dos hijos mayores, etcétera.

La cajera indicó a Laura el importe total de la compra y Laura le entregó con decisión y una sonrisa en la boca la tarjeta de crédito y el documento de identidad de su propietaria. En la fotografía se reconocía a una mujer de unos cuarenta años de edad, morena y con gafas; una gafas parecidas a las que Laura acababa de coger prestadas a su madre y que le hacían ver todo enorme y deformado. La cajera comprobó los datos y le devolvió el DNI sin fijarse siquiera en la fotografía.

-¿Código postal? –la pregunta le cogió desprevenida.

-El 01008, disculpe. –respondió tras cinco largos y angustiosos segundos, dando su propio código postal. Había encontrado la tarjeta en el parque más cercano a su casa y pensó que era probable que la propietaria de la tarjeta viviera en el mismo barrio.

- Perdone, no le he preguntado si tenía algún ticket de descuento. –la chica miraba a Laura con un recelo creciente.

-No… no tengo. –dijo mientras la impaciencia y el sudor se abrían paso a través de su frente.

-Si no le importa voy a comprobar un par de códigos de sus productos que creo pueden tener descuento.

-No se moleste.

-Tranquila, no es molestia. –y se alejó sin dar opción de réplica y dejando el ticket de compra encima de una pequeña repisa junta a la máquina registradora.

Laura vio como la chica entraba en el despacho al fondo del pasillo y supo que algo no iba bien. No había nadie tras de ella y actuó sin pensarlo dos veces. Cogió la cartera plateada de su bolsillo y la dejó junto al  ticket encima de la repisa, empujando después el carro con fuerza hacia la salida. Ya en la acera comenzó a trotar y 20 metros después a correr hasta que dobló la primera esquina. No miró atrás hasta llegar a casa.

-Baja aita rápido, por favor. –susurró con gravedad a su padre cuando escuchó su voz en el tele portero.

-¿Qué pasa hija?

-¡Baja aita y no preguntes, te lo suplico!

Cruzaron sus miradas pero ni una sola palabra mientras entre los dos subían primero la carga hasta el cuarto piso sin ascensor, y finalmente el propio carro a pulso sin que se cruzaran con ningún vecino en las escaleras. Una vez arriba Laura lanzó su chaquetón sobre el aparador de la entrada, cogió de los brazos de la amama a su pequeña que al instante comenzó a llorar, y se sentó en la butaca de la salita de estar. Soltó los tres primeros botones de su camisa, el cierre de su sujetador de lactancia, retiró la pezonera de gasa que tanto le irritaba, y coloco el pezón en la boca de su hija, que al instante dejó de llorar y comenzó a mamar. Las lágrimas de Laura rompieron entonces cayendo en cascada desde sus pálidas mejillas, y su boca dibujó un escalofriante rictus de dolor. Levantó la cabeza y vio la mirada asustada de su hijo de diez años, Aitor, flanqueado por sus abuelos.

-Hija mía, ¿qué has hecho? –dijo por fin su madre.

-¿Con qué dinero has comprado todo esto? –continuó su padre mirando hacia la compra esparcida por toda la entrada del domicilio.

-Encontré una cartera… tenía 30 euros… y una tarjeta de crédito. La he dejado en el supermercado… se la harán llegar a su dueña. No tenía elección. –dijo finalmente Laura sin entonación y sin fijar la vista en ninguna parte, como si estuviera en algún tipo de trance.

-¿Elección? ¡Por Dios hija, no somos ladrones! –dijo alarmado su padre.

-¿Ladrones? –Laura levanto la vista mirándole ahora si fijamente.

-¡Ni soy una ladrona, ni soy una madre que permite que sus tres hijos pasen hambre! ¿Quién se compra una maldita cartera plateada? No sé quién es la dueña de esa cartera, pero estoy segura de que superará la pérdida de 200 euros. ¡Lo siento, lo siento mucho… pero no tenía elección, haré lo que tenga que hacer!

-Hija…

-¡Ander lo hizo!, ¿lo recordáis?

-Hizo una locura y te dejó sola con tus hijos.

-Dio la vida por su familia hasta las últimas consecuencias, y lo único que me duele de lo ocurrido hoy es pensar en la posibilidad de que mis hijos pudieran perder también a su madre. –Laura calló al oír el timbre del tele-portero. Un aire gélido atravesó la casa y a sus habitantes un segundo antes de que su padre contestara finalmente.

-¿Quién es? –no hubo respuesta.

-¿Quién es?

-perdone, ya me han abierto.

-De acuerdo.

 

EPILOGO

Esta historia y su final no representa a las escasas situaciones que por trágicas y mediáticas llegan a ser conocidas por el conjunto de la sociedad. Representa por el contrario a muchas de las situaciones del día a día de nuestros pueblos y ciudades, de hombres y mujeres que padecen las consecuencias del injusto reparto de la riqueza, y que luchan por sacar adelante una vida junto a su familia, dejándose la piel y a veces también la salud y la vida.