Subsistencia, de Rubén Espino

11/02/2016 18:45

 

PRIMERA PARTE

La ducha apenas pudo sofocar la huella de la pesadilla que le despertó empapado en sudor. Era solo un mal sueño, en realidad nadie tenía porque acabar herido.

Laura y los niños aún dormían. Ander se dirigió a la cocina sabiendo que tampoco el desayuno conseguiría liberar el nudo en su estómago. Se lo tomó con tranquilidad. Había pasado ya un año y medio desde el despido, y tras el primer año de búsqueda desesperada y baldía de un empleo, su cuerpo y su voluntad habían acabado por adaptarse.

Así fue al menos hasta recibir aquella carta con la fecha del desahucio. A sus cincuenta años nunca se le pasó por la cabeza que un momento así pudiera llegar, y desde entonces le costaba mirar a la cara a su familia sin que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Había llegado el momento, no podía demorarlo más, pero antes de salir a la calle quiso ver de nuevo a los niños. Su pequeña Maialen ya no lo era tanto, con sus 15 años recién cumplidos que para Ander habían sido un suspiro. Dormía tranquila, dando tregua a su agitada adolescencia. El cuarto de enfrente era el de Aitor. Allí estaba su espigado hombrecito de 9 años hecho un ovillo por el frío y con las mantas por los pies. Llegó a sus vidas tarde, sin buscarlo ni esperarlo, pero cuando Ander lo sostuvo por primera vez entre sus manos, sintió que su familia estaba completa.

Mientras arropaba a su hijo con los ojos enrojecidos sintió que Laura le observaba.

−¿Adónde vas tan temprano? −preguntó su mujer semidesnuda desde la puerta de la habitación.

−Siento haberte despertado. Voy a dar un paseo por los humedales. Luego iré a la Residencia a ver al Aita −mintió Ander sin volver la cara y con la voz entrecortada.

−No vuelvas tarde cariño. Sabes que hoy tenemos que ir a hablar con mis padres. La fecha se acerca y necesitamos un techo donde vivir hasta que la situación mejore.

−Nunca he sido el marido que esperaban para su hija… y ahora… ni siquiera puedo…

−¡Calla Ander! Nada de lo que está ocurriendo es culpa tuya. −Ander se acercó a su mujer y la abrazó con desesperación.

−No me hagas caso, saldremos de esta −dijo Ander mientras se alejaba hacia la puerta en dirección a la calle, sintiéndose culpable del desahucio, del mal tiempo, de haberse masturbado en la ducha, y de no haber sido capaz de hacer el amor con su mujer desde hacía ya demasiados meses−. De un modo u otro saldremos de esta −repitió esta vez para sí mismo.

Ya en el exterior se giró hacia su casa.

−¡No me la quitareis, cabrones! −susurro con rabia mientras aceleraba el paso en dirección al Banco, sintiendo todo el peso del arma y de su vida.

Mientras, Ainhoa se dirigía a su puesto de trabajo en el Banco, decidida a pedirle en persona al jefe, esa subida que tanto creía merecer. El Banco acababa de anunciar beneficios multimillonarios, y ella no era más que una mileurista queriendo salir adelante.

SEGUNDA PARTE

A las 9 de la mañana de aquel sábado invernal, en  la sede central reinaba la misma rutina de cualquier otro sábado. El director de la sucursal finalizaba su primera ronda de supervisión cuando una de sus empleadas se le acercó dubitativamente por detrás.

Sentado en uno de los asientos de la planta baja, y a unos 6 metros del director y la joven, me encontraba yo, sin nada mejor que hacer que asistir a la escena.

−Buenos días señor director. −El rostro del director se giró.

−Buenos días Ainhoa. −La extrañeza se adivinó en la cara de la joven, que tras sus 12 meses de encierro en el más pequeño despacho de la segunda planta, no esperaba que el máximo responsable de aquella sede se acordara de su nombre. La entrevista previa a la firma del contrato, y un correo electrónico solicitando un aumento hacía ya tres meses, habían sido sus únicos contactos.

Su sorpresa no fue la mía, porque frente a aquel encorbatado espantapájaros se encontraba una preciosa mujer de unos 25 años, dirigiéndose a él con sus carnosos labios rojizos, vistiendo la misma desbocada y traslucida camisa blanca que lucían todas las empleadas del banco. El indiscreto uniforme, en su caso, servía de escaparate incomparable para sus perfectos e ingrávidos pechos, y aquellos nerviosos pezones de los que mi mirada no conseguía apartarse.

Aquel Director no solo recordaba el nombre de la empleada, sino que muy probablemente llevaría siendo el objeto de su deseo desde el mismo instante en que la entrevistó.

 

−Tal vez ha podido usted decidir algo… no sé si recuerda… le envié un correo. Llevo ya un año trabajando duro, y creo que merezco…

−Señorita, yo sí que llevo una vida de duro trabajo, y nunca he mendigado un aumento. Quiere usted correr demasiado −respondió cortante el mandamás.

−Pero mi salario no llega a los mil euros, mi dedicación es total, y no hay día que salga a mi hora.

−¿A su hora? Creo que por ese camino va usted mal, señorita. Mi cajón está repleto de currículos de personas dispuestas a ocupar su puesto por menos de lo que usted cobra.

Ainhoa veía como sus pretensiones se esfumaban, y no era ya capaz de sostener la mirada del director, lo que este aprovechaba para escudriñar con impunidad su escote. El Director continuó, arengado por su sensación de poder y la creciente excitación en la entrepierna.

−Le recuerdo, por otro lado, que me molesté en responder a su correo proponiéndole una reunión para analizar sus progresos. Una cena de trabajo que bien pudiera haberle permitido explicar las razones que sustentan su petición. Sin embargo, por lo visto, este trabajo y su futuro en nuestra empresa no son lo bastante importantes, lo que me lleva a recomendarle que revise usted sus prioridades.

Ainhoa giró su cabeza cruzando su mirada avergonzada con la mía. La rabia palpitaba en sus sienes, la prudencia llamaba a retirada, y su orgullo exigía una respuesta. 

–“¡Es injusto… y es usted un grandísimo hijo de la gran puta, un pervertido y un miserable!” −le gritó finalmente con la mirada, sin poder pronunciar ni una sola palabra.

El disparo resonó atronador, con todo el eco que el hueco central de aquella estancia, de tres plantas de altura, era capaz de provocar. Todos nos lanzamos al suelo salvo el director quién, con las manos en alto, se mantuvo en pie dirigiéndose al hombre que había disparo al aire.

−Tranquilícese por favor, dígame lo que quiere y seguro que podré ayudarle −acertó a decir el director, con más entereza de la que le hubiera supuesto al mismo gusano que acaba de protagonizar la conversación anterior. Dos escasos metros separaban ahora mi cara de la de Ainhoa. Nos miramos compartiendo el mismo pensamiento de incredulidad.

−¿Usted es...? −preguntó aquel atracador, que llevaba la cara descubierta.

−Ildefonso García de Albeniz, máximo responsable de esta sucursal. Si me deja acercarme al mostrador, me encargaré de que le entreguen el dinero que usted necesite, aunque me temo que hoy no tenemos mucho efectivo en depósito.

−Bien señor Ildefonso, pues yo soy Ander, gracias a usted, máximo irresponsable de mi familia. Tomarme por ladrón ha sido su primer error, y tomarme además por tonto, una auténtica temeridad. Que no vuelva a ocurrir. −El héroe, venido ya a menos, asintió.

−¿Es detrás de ese mostrador al que usted aludía, dónde se encuentra el botón de alarma? Adelante, púlselo.

−Se equivoca usted…

−¡Acérquese y púlselo, maldita sea! ¡Púlselo o le vuelo ahora mismo la puta cabeza! −gritó colérico Ander, dando dos rápidos pasos adelante y encañando con firmeza el rostro del Director. Ildefonso se llevó las manos a la cara y cayó de rodillas al suelo, emitiendo agudos e histéricos chillidos.

–Vaya mierda de aspirante a mediador que está usted hecho. Me temo que ahora no tengo más remedio que matarle −continuó.

−¡Ya lo he pulsado! −gritó una empleada al otro lado del mostrador.

−Vaya, vaya ¿Qué me dice de eso señor Ildefonso? El par que a usted le falta con un décima parte de su salario. ¿Hace cuanto que lo pulsó señorita? −añadió Ander.

−Uno o dos minutos −respondió nuevamente sin levantar la vista del suelo.

−Perfecto ¡Levántese Ildefonso! Le necesitaré para atender a la prensa… ese botón ya lo he pulsado yo.

El avergonzado director se levantó torpemente, dejando a la vista un enorme corroncho de orín, en el mismo lugar en que minutos antes crecía la excitación. Obviando la angustia que todos sentíamos, cierto regusto de satisfacción debió apreciarse en mi gesto, lo que pudo ayudar a que me convirtiera en efímero protagonista.

−Quítese los pantalones −ordenó Ander mirándome a los ojos.

−¿Perdone? −respondí incrédulo.

−Está usted perdonado ¡Quítese ahora mismo los pantalones, déselos al señor Ildefonso, y no me haga perder la paciencia!

En un momento mis pantalones lucían en el cuerpo del aseado director, y yo mostraba  las peores galas de ropa interior que esa mañana había encontrado en la cómoda. Ander dispuso una silla en el centro de la estancia, y ordenó a los allí presentes que, con las manos siempre a la vista, nos acercáramos y sentáramos en el suelo alrededor. Por último ordenó al director que se sentara en el centro de aquel mural humano.

−Ahora creo que os debo una disculpa y una explicación.  Las aceptéis o no,  tengo poderosas razones para hacer lo que estoy haciendo. En unos minutos la policía y la prensa estarán aquí, y por diferentes motivos necesito que sepáis lo que está ocurriendo. −Miró ahora al director.

−Su caso es diferente, señor Ildefonso. Usted y lo que usted representa son la razón de que hoy yo esté aquí. Debe saber que son 50.000 los euros que aún le debo a su empresa de usura. Que son 150.000 los que, intereses incluidos, he pagado ya por el préstamo hipotecario que en su día ustedes solícitamente me concedieron. Ahora quieren quedarse con mi dinero, con mi casa y con mi dignidad, aprovechando que he perdido mi empleo. No lo permitiré, y esto es lo que hoy usted explicará a la prensa… si valora en algo su vida.

Algo cambió en el rostro de aquel hombre, que hasta ese momento había mostrado una agresividad y una ironía poco proclives a generar la más mínima empatía. Dejó la pistola a su lado, sobre el mostrador principal, mientras sacaba una hoja doblada del bolsillo trasero de sus pantalones. La abrió y nos miró un instante a todos y todas.

−Esta es la nota que mi mujer… se llama Laura… la encontré en mi mesilla… −Las palabras se agolpaban y una lágrima resbaló por su rostro−. Os hago a todos testigos de su contenido −consiguió decir finalmente.

 

“Hola cariño. Últimamente no hablamos demasiado, y esta tarde he sentido la necesidad de escribir todo lo que se agolpa en mi cabeza y en mi pecho. Quiero que sepas, antes que nada, que te quiero, más de lo que en una carta como ésta jamás podré expresar.

¡Te quiero y me siento tan orgullosa de ti! Sé que te será difícil entender esto, que crees que nos has decepcionado, que el sentimiento de culpa te está matando, y contigo yo también muero un poco cada día. Pero tenemos dos hijos que confían en nosotros, y que no dudan de que no nos rendiremos, de que seguiremos unidos pase lo que pase.

Sé que te carcome la idea de tener que ir a vivir a casa de mis padres, y sé que piensas que ellos te hacen responsable de lo que nos está pasando, pero te equivocas ¡Créeme por favor! Te aseguro que será algo temporal, que la suerte nos va a acabar sonriendo, lo sé. Ahora solo te pido que me dejes estar a tu lado. Por ti, por mi, por nuestros hijos.”

 

El tiempo se había parado, ni un sonido interfería el flujo de emoción que inundaba la estancia, mientras mis roídos calzoncillos imploraban inútilmente que volviera a reparar en ellos. Un instante después el tiempo se puso de nuevo en marcha, y los acontecimientos se precipitaron.

Un pequeño ejército de agentes preparados para la contingencia, irrumpió por la puerta giratoria de entrada al Banco. Apuntando por la espalda a Ander, le ordenaron que se tirara al suelo. Pero la respuesta refleja e inconsciente de aquel padre de familia no fue otra que la de alargar el brazo hacia la pistola que reposaba sobre el mostrador.

 

Varios disparos impactaron contra su cuerpo, dos en sus extremidades inferiores, uno en el brazo que intentaba alcanzar la pistola, y un cuarto proyectil rezagado fue a parar a su cuello. Un impresionante chorro de sangre brotó de su cuerpo desplomado, bañando los relucientes suelos de mármol. Los flases de los fotógrafos ya agolpados frente a la entrada al banco, pusieron un destelleante colofón a la dantesca escena que se presentaba ante a nuestros ojos.

Durante un eterno instante nadie dijo nada; ni un grito, ni una queja, ni un comentario. Nuestra libre voluntad se había derramado disolviéndose con la sangre de aquel hombre… de Ander. Entonces Ainhoa me miró y en sus ojos puede ver la ira.

−Él no… no era él quien hoy tenía que morir –sollozó con rabia.

Respondí apretando instintivamente su mano. Salí del Banco escoltado por dos policías y sujetando por la cintura a Ainhoa, que a duras penas conseguía mantenerse en pie. Ya en la calle mis calzoncillos tuvieron finalmente su momento de gloria. Los reporteros nos bombardearon a fotografías y preguntas, pero todos y todas callamos.

 

TERCERA PARTE

“Se preguntará usted, Laura, quién soy yo, y porque le envío esta historia que no puede sino generarle más dolor recogido en su recuerdo. La verdad es que yo no soy nadie, y al mismo tiempo soy todos, y todas. Soy cada una de las personas que leerán este relato, y cada una de las que no lo harán. Y en nombre de todas ellas, necesito pedirle disculpas. Por callar, por ser testigo mudo de las injusticias que cada día se suceden.

En aquel Banco, esperando pacientemente mi turno, la versión más cruda de la realidad que nos rodea me escupió en la cara, y ni así fui capaz de reaccionar. No volverá a ocurrir. Se lo debo a Ainhoa, con quien hoy comparto compromiso solidario y una preciosa hija. Se lo debo a su marido, que tuvo que sacrificarlo todo porque muchos no hicimos nada. Y se lo debo a la carta que usted le escribió, que si no fue suficiente para salvar la vida de Ander, si lo fue para salvar la mía.

No se rinda y luche usted con nosotros, por sus hijos, por la memoria de su marido, porque este relato no sea en balde. Para no errar el camino, iremos más allá de la caridad sin ideología que limpia conciencias, que apaga una hoguera mientras el bosque entero se quema. Ayudemos a quienes más lo necesitan, denunciando también a los culpables.

 A los banqueros criminales que desahucian familias, y  que se erigen en expertos en pensiones públicas en favor de sus planes privados. A los Gobiernos que recortan en servicios sociales, en sanidad y educación, que abaratan el despido y alimentan la precariedad. A los políticos vendidos que dicen que no hay dinero, mientras permiten la corrupción y el fraude fiscal de quienes más tienen, mientras rescatan a la banca y no a las personas, mientras cobran dietas millonarias y hacen negocio con obras faraónicas que nadie necesita. Cambiemos el sistema que debió defender a Ander y solo fue capaz de matarlo.

Yo no soy nadie, y sin embargo soy todos, y todas. Pongamos fin a tanta injusticia, sumemos voluntades.”